Mobiliario de los sesenta en la cafetería más antigua de Reykjavík

Viajar en pleno mes de julio a lugares donde en verano no pasan de los 11 grados y rodeados de nieves perpetuas tiene de bueno que, aun estando acostumbrados a otras cosas en las vacaciones, te apetezca tomar un riquísimo chocolate caliente. Si además te puedes dar este placer en la cafetería más antigua de la ciudad es toda una experiencia.

Te hablo de Mokka Kaffi, en Reykjavík. Fué fundada en 1958 y fueron los primeros en instalar una máquina de café expreso en la capital islandesa. Su fundador, al regresar a su ciudad después de terminar sus estudios en Italia lo tuvo claro y no se confundió. Han transcurrido sesenta años desde su apertura y sigue siendo el sitio de moda.

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Todo en este sitio sabe a auténtico, desde sus icónicas lámparas danesas Jo Hammerborg, sus banquetas y mesas, que por su tamaño está claro que son de otra época, e incluso las exposiciones temporales de artistas locales que siempre visten sus paredes con un aire retro.

Pero lo más embriagador, sin duda, de esta histórica cafetería es su aroma. Cuando vas llegando ya percibes el olor que desprende a galletas horneadas y a vainilla, es increíble. Ha pasado casi un año desde que estuve allí y al ver las fotos es lo primero que mis sentidos me han traído a la memoria.

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Es un lugar emblemático y punto de encuentro para los clientes asiduos que acuden diariamente, jóvenes, artistas o viajeros que no queremos perdernos este regusto a añejo. Además, está situada en unas de las calles principales que desembocan en la peculiar catedral que preside la zona centro.

Y bueno, de paso deciros que me encantó Reykjavík. Es una ciudad con una estética muy colorida, con mucha vida, y envuelta en un movimiento culturar y artístico que se percibe a simple vista. Está repleta de cafés y tiendas con espacios armoniosamente decorados y muy iluminados porque, claro, con las condiciones climáticas que soportan están obligados a pasar mucho tiempo en el interior.

La ciudad carece de casco histórico del modo al que estamos acostumbrados en Europa y su edificio más simbólico, al que llaman la Catedral (pero que realmente es una iglesia), preside la zona alta de la ciudad. Está rodeada de mar por tres de sus costados e incluso se puede ver desde la ciudad uno de los glaciares, el Snæfellsness.

Es una ciudad muy limpia, segura, sin contaminación y que mira a la naturaleza. De hecho la Catedral está inspirada en los flujos de lava basáltica que han dado lugar a parajes increíbles como el de la cascada de Svartifoss.

Totalmente recomendable, yo desde que pasé por allí me imagino viviendo sus veranos fresquitos y llenos de color y disfrutando de sus piscinas termales naturales.

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